jueves, 29 de agosto de 2013

En diciembre de 2012 publiqué mi libro "LA VANIDOSA Y EL POETA" de la serie Cuentos del Jardín. El libro pueden encontrarlo en: autoreseditores.com, en esta página de forma ágil y sencilla pueden adquirirlo siguiendo unos sencillos pasos, después de hacer click, el libro le llegará a la puerta de su casa en el transcurso de una semana. Aquí les dejo un fragmento. Un abrazo a todos y disfrútenlo.



“La Vanidosa y el Poeta”

-¿A quién se le ocurre que un cangrejo pueda vivir en lo alto de un árbol como un pájaro más del monte? ¿Señora, no se estará usted burlando de mí?
- No me burlo de nadie. Digo que si puedes vivir en lo alto de un árbol, ¿cómo vas a pasarte la vida bajo tierra?

El cangrejo volador, Onelio Jorge Cardoso (Calabazar de Sagua, 1914 - La Habana, 1986).


I. LA VANIDOSA
Tinatitina era una coqueta redomada. Todas las mañanas en cuanto salía el sol, apartaba las hojas con que se cubría en las noches, se estiraba cuan larga era y se iba derecho a tomar un baño de rocío. Sacudía las campanillas moradas y amarillas del jardín y miles de goticas caían sobre su cuerpo como una ducha refrescante. Adoraba el agua perfumada que se acumulaba en las flores y se acicalaba las alas con ella hasta que sus colores se veían brillantes, luego se rizaba las antenas. Terminado ese ritual, se desayunaba con la más rica miel y salía a visitar a sus amigas para enterarse de las últimas noticias.
Tinatitina no solo era una mariposa bonita y chic, sino que además, tenía la suerte de vivir en el jardín mejor cuidado de la toda la región. En cada rincón de aquella especie de paraíso, crecían sofisticadas flores que habían sido escogidas y sembradas por Tomás; el apuesto jardinero que vivía solo para cuidarlas. Un verde césped crecía por doquier, románticas bancas y estatuas adornaban el espacio: aquel era el lugar ideal para cualquier enamorado.
Pero entre tanta perfección había un pequeño problema: Tinatitina era tan vanidosa y exigente, que a pesar de su belleza y glamour, no tenía novio. Todos los pretendientes le parecían poca cosa, ninguno, según ella, alcazaba a llegarle a los tobillos. Contemplaba su imagen reflejada en las cristalinas aguas del río y se extasiaba con la elegancia de su vuelo, con su cintura delgada, con sus enormes ojos negros y siempre terminaba diciendo lo mismo:
—¡No, definitivamente no veo a nadie en este jardín que pueda merecerme!

A la mariposa vanidosa, le parecía feo lo natural, lo sencillo. Solo la complacía la perfección absoluta, la belleza en su máximo esplendor, las comodidades, las caras bonitas. No era capaz de posarse en una flor silvestre porque comenzaba a estornudar, prefería las rosas, los claveles, las azucenas. Cuando sus amigas la invitaban a tomar el té de pétalos de jazmín que tanto le gustaba, Tinatitina les decía:

sábado, 29 de octubre de 2011

LA MUJER Y EL MAGO

Gracias a una mirada, un sueño, un recuerdo o un sentimiento podemos llegar a reconocer a un alma gemela. Sus manos nos rozan o sus labios nos besan, y nuestra alma recobra vida súbitamente
(Brian Weiss)
.

E
rase una mujer que un día conoció a un mago. El mago  era tan poderoso que la hechizó  utilizando palabras mágicas: QUERIDA MÍA, CÓMPLICE MÍA le decía,  y ella sentía que le crecían  alas y echaba a volar en su compañía.
El mago quiso regalarle a la mujer  un lugar donde pudieran amarse alejados del mundo, entonces, utilizando sus poderes,  le construyó una habitación llena de magia y belleza y se la entregó diciéndole simplemente: Aquí tienes una habitación donde puedas ser tú.
La habitación era  amplia,  los  techos altísimos para que los sueños pudieran volar a su antojo. Una chimenea que se alimentaba de anhelos, ternura y  pasiones la hacía confortable, amable, cálida. Las paredes color crema le regalaban a los amantes paz y un delicioso olor a jazmines  silvestres les acariciaba el alma siempre que entraban en ella. 
Si miraban  por una ventana,  veían el  bosque repleto de verde, pletórico de vida; por la otra, asomaba el mar, un mar de un azul tan intenso que se confundía con el cielo, un mar a veces tranquilo, otras veces encrespado, soberbio, insondable.
Al final del día, cuando la mujer y el mago estaban exhaustos de vivir una vida común, se encontraban en la habitación para ser ellos mismos. Se recostaban en un mullido diván y se fundían en un abrazo infinito, entonces,  de forma misteriosa y sin necesidad de conjuro alguno,  un halo de luz los envolvía y sus cuerpos parecían uno solo.
 El besaba los labios y acariciaba la espalda de su amada para hacerla feliz mientras se miraban fijamente tratando de recordar la fecha exacta en la que se habían conocido;   pero nunca lograban descubrirlo   porque buscando la génesis de su amor,  se perdían en el tiempo. 

Bogotá/ Octubre 2011

domingo, 16 de enero de 2011

CUENTO

“UNA DECISIÓN MUY MUSICAL”
Por: Gloria Bayolo

Hace mucho tiempo, tanto que nadie puede decir cuánto, en el mundo musical sucedió un hecho sin precedentes: la Clave de Sol  que vivía  riendo a carcajadas, perdió su alegría. Todos comentaban que el motivo de tal desolación era que sus inseparables amigas, la Clave de Do y la Clave de Fa  habían decidido  independizarse y  dejarla sola.  
La  Clave de Sol se enteró de las malas nuevas por un Calderón mal intencionado que le contó las cosas a su manera añadiéndole leña al fuego.  Según él,  se había enterado de muy buena tinta, que aunque lo negaban,  las Claves de Do y Fa tenían planes muy serios de convivencia, si no permanente, al menos muy cercana que no la incluían a ella.
Obviamente, sus compañeras no habían sido tan radicales como le habían hecho creer  e incluso estaban dispuestas a hacer algunas  excepciones para que eventualmente,  pudieran encontrarse en el mismo pentagrama y convivir  como las mejores amigas en la partitura , pero en mundos propios más ordenados y personales. 
- Caramba- se repetía hasta el cansancio la ofendida Clave- Las muy ingratas... ¡qué deslealtad, que tiempos estos; falsas amigas! Me quieren quitar protagonismo, seguramente se unieron para quedarse con todo, para reinar en la partitura y poner a los instrumentos a sus pies.  ¿Será que en secreto se confabularon con ellos para eliminarme definitivamente?-concluía con dramatismo-
Para entender este enredo,  toca aclarar que entonces, la música no se escribía ordenadamente como hoy. No existían las Partes,  y en las orquestas, los músicos leían de la misma partitura, donde todo estaba escrito de forma desordenada en un único pentagrama.  Para colmo de males, como si todo lo anterior no fuera suficiente, las claves de Sol, Do y Fa eran autónomas, caprichosas diría yo. No le rendían cuentas a nadie, no respetaban normas de ningún tipo, aparecían cuando  se les antojaba y los instrumentos se las tenían que arreglar como pudieran, leyendo en cualquier clave  sin importar su Tesitura. Aquello era: ¡sálvese quien pueda!
Claro, a ellas les parecía chistosísimo ese  caos y lo disfrutaban.  No lo hacían por maldad, sino para divertirse viendo como los Cellos, los Violines, las Flautas, los Clarinetes, la Tuba, el Píccolo y hasta el Piano se las tenían que arreglar para encontrar la melodía que les correspondía. Los pobres instrumentos estaban exhaustos pero no se quejaban por temor a ser despedidos. 
Las pícaras claves gozaban viéndolos correr de un lado a otro, se burlaban de ellos cuando sudaban  la gota gorda para entrar a tiempo, para no dejar compases en silencio. La pasaban de maravilla, por eso, la Clave de Sol, la más juguetona de todas las claves, no podía dejar de preguntarse ¿qué era aquel arrebato de orden y consciencia de sus compañeras? No podía imaginarse una partitura  sin un poco de picardía y un toque de locura como solía decir.
-No, no es posible que quieran terminar esta diversión-repetía obsesionada con el tema-Aquí hay gato encerrado y yo lo voy a descubrir.
Por supuesto que no se trataba de ninguna confabulación... entonces: ¿Qué estaba sucediendo? Pues nada raro, solo que luego de siglos de desorden,  las dos claves rebeldes, tomaron consciencia de la situación tan desfavorable en la que se hallaban los instrumentos por su culpa y decidieron que el desorden reinante, tenía que terminar; estaban cansadas de las bromas.
Las claves de Do y Fa lo pensaron mucho antes de tomar la decisión. Sobre todo les preocupaba la forma en que tomaría las cosas su colega más aguda y estaban esperando el momento propicio para contarle, lo que nunca imaginaron fue que la información se filtrara, y que le llegara a la Clave de Sol de boca de otros.
En el fondo, y aunque le doliera aceptarlo, la Clave de Sol sabía que sus dos compañeras  tenían razón. Pero es tan difícil dar el brazo a torcer con elegancia y aceptar que estamos equivocados, que la ofendida clave, insistía en sus ideas de complots y traiciones por  parte de sus amigas.
El primer intento para encontrar “salida a la crisis” fue reunirse en privado para aclarar las cosas calmadamente, pero la reunión fracasó, ninguna propuso nada coherente. La discusión amenazó  con extenderse hasta el infinito así que  el encuentro resultó un verdadero desastre.
 Mientras tanto, en el mundo las Orquestas quedaron mudas, los músicos no podían tocar porque las claves no se ponían de acuerdo. En toda la faz de la Tierra había un  paro musical y ese silencio, amenazaba con matar la alegría de los seres humanos: ¿Alguien puede imaginar la vida sin música? Tenían que hacer algo con urgencia, pero no sabían a quién recurrir para que les aconsejara. Nunca habían discutido por nada, no tenían ninguna experiencia en solución de conflictos.
 Entonces se les ocurrió una idea; irían a ver a un grupo de amigos que recientemente habían resuelto sus diferencias de la manera más pacífica, sin pelear, sin discutir siquiera.  Se trataba de los Sostenidos y los Bemoles que finalmente llegaron a la conclusión de que aunque seguirían en contacto y siendo excelentes amigos, ya no vivirían juntos sino que armarían una especie de bandos organizados e independientes para de esa forma trabajar más efectivamente y hacerle las cosas más fáciles a los instrumentos.
Decidieron entonces que se ubicarían junto a las claves para convertirse en una fuerte e infranqueable Armadura.  Los Sostenidos se agruparían en un orden riguroso: Primero FA, luego DO, SOL, RE, LA, MI y SI respectivamente y los Bemoles, llevando la contraria de manera muy sutil, decidieron agruparse al revés: SI, MI, LA, RE, SOL, DO y  FA.
Votaron democráticamente la decisión, firmaron el documento, se fueron todos a la notaría más cercana, autenticaron las firmas y ¡bingo!, todo resultó un éxito y los instrumentos lo agradecieron infinitamente.
Cuando las claves llegaron afligidas donde sus colegas, estos  ya lo sabían todo porque resulta que, ¿quién lo diría?, el Corno Inglés, famoso por su discreción y flema, ya les había contado los pormenores. Pero tanto los Bemoles como los Sostenidos, hicieron como si estuvieran enterándose en el momento y las escucharon una a una sin interrumpirlas. Como era de esperar,  la Clave de Sol se extendió diez minutos más que las demás claves y hasta alguna furtiva lágrima rodó por sus mejillas.
Después de escuchar las razones de las partes involucradas en el problema, el grupo de alteraciones se reunió en privado a reflexionar largo rato, y concluyeron que tal vez esa era la oportunidad perfecta no solo para reconciliar a las claves, sino  para traer más orden a la partitura en beneficio de todos.
Después de pensar y discutir por horas, creyeron hallar la forma más razonable de solucionar la discordia entre sus tres apreciadas compañeras.  De modo que sin  tener aún  muy claro si su propuesta resolvería las cosas, pero seguros de que en el camino algo genial se les ocurriría, organizaron una segunda reunión, pero esta vez  invitaron como mediador a la Batuta por parecerles alguien sabio y con gran recorrido.
De inmediato comenzó el necesario encuentro. Luego de laos saludos de rigor, le dieron la palabra a la Batuta, pero esta, modestamente se la cedió al Fa Sostenido como muestra de agradecimiento  por haberla invitado.
- Amigas mías- dijo con tono tranquilo el Fa Sostenido - Ante todo les pido que en lo posible nos mantengamos tranquilos y nos manejemos en un rango entre Pianissimo  y  Mezzo Forte en aras de mantener la calma- se escuchó un murmullo de aprobación- eso posibilitará una conversación objetiva y civilizada.
-Bueno -prosiguió el Fa sostenido- Luego de escucharlas a las tres, hemos sacado nuestras conclusiones y  les  pedimos que no se angustien, lo que les aflige no es tan catastrófico como parece a simple vista y puede solucionarse inteligentemente porque mirándolo bien, las tres tienen razón…
- ¿Quééééé?- interrumpió al borde de un ataque de nervios la Clave de Sol.
-Cálmate, primero escucha-dijo el Do sostenido- y solo así comprenderás nuestras razones.
-Estamos de acuerdo totalmente con la Clave de Sol  cuando dice que no puede imaginarse una partitura sin diversión, sin un poco de picardía y un “toque de locura” -dijo el  Mi bemol, pero también es obvio que las Claves de Do y Fa tienen razón al preocuparse y pedir independencia y orden.
- Todos sabemos que las cosas no andan bien-prosiguió el Sol Sostenido- y que no pueden seguir así. Para nadie es noticia que no solo las claves de Fa y Do se están quejando, sino también los instrumentos que están desesperados; finalmente la afectada principal será quien más amamos, nuestra razón de ser: La Música.
-Pensamos que ustedes deben organizarse tal y como hicimos nosotros. Pero ojo; organizarse no quiere decir pelearse, dejar de ser amigas- continuó el La bemol que pacientemente había esperado su turno- De modo que en vez de pelear, reúnanse son sensatez y  tomen decisiones democráticas que beneficien a toda la familia musical…
-No entiendo- interrumpieron casi al unísono las desconcertadas claves.
-Pues…es muy sencillo. Después de analizarlo detenidamente, se nos ocurrió que lo más salomónico es que entre las tres se repartan los instrumentos y que en pos del orden, cada instrumento viva en un pentagrama independiente con la clave que lo eligió y punto final, así cada cual sabrá cuando le toca su turno sin necesidad de pelear y las claves estarán en la misma partitura, pero con independencia total. -dijo triunfante el Re sostenido que a duras penas había esperado su momento para opinar.
_ Uhmm… -agregó el Re bemol- no sé a ustedes, pero a mí personalmente me resulta  una idea  muy chic y de avanzada. Como dirían mis amigos los  Timbales que de todo hacen un chiste: “Juntas pero no revueltas”
-¿No les parece una solución genial? – gritaron  bemoles y sostenidos aplaudiendo eufóricamente.
-Bueno sí…pero, ¿Cómo haremos la repartición de los instrumentos?- dijo no muy convencida la  Clave de Fa.
La euforia desapareció instantáneamente, y las caras volvieron a ponerse largas. Ese era precisamente el núcleo del problema. ¿Cuál era la mejor manera, la forma más democrática de decidir, sin herir susceptibilidades, quien se iría  con quien?
- ¡Muy fácil!-gritó una Ligadura que se había colado en la reunión aunque no había sido invitada- Reúnanlos a todos y que sean los instrumentos y no las claves quienes decidan con quien se van, así no se pelean entre ellas y asunto resuelto.
Pero antes de que nadie más opinara, se oyó por primera vez la voz más respetada entre todas, la voz reposada pero firme de la invitada especial: La Batuta
-Apreciados colegas, los llamo a la calma y la reflexión sosegada porque este asunto no es tan trivial como parece y se nos puede salir de las manos. No niego que la idea es buena, pero si la ejecutamos con frivolidad,  llevados por el entusiasmo, podría generarse un caos peor que el que vivimos hoy y eso no lo podemos permitir.
Ahora sí que el silencio fue sepulcral, se podía escuchar el vuelo de una mosca, nadie entendió nada, todos quedaron perplejos, pero como respetaban tanto a la Batuta, callaron esperando que esta hiciera claridad en el asunto.
-Miren, si reunimos a los instrumentos-prosiguió calmadamente la Batuta- y ellos deciden con qué clave se quieren ir llevados por las emociones, podrían cometer grandes errores.
El silencio era cada vez más embarazoso, todos se miraban sin atreverse a opinar.
-¿Todavía no comprenden?... Amigos,  piensen con detenimiento. Por ejemplo, para nadie es un misterio que el Oboe  es íntimo amigo de la Clave de Do, lo mismo sucede con el Contrabajo y usted apreciada Clave de Sol, son inseparables. Así que si el Oboe decide que se va con la Clave de Do y el Contrabajo con usted, ¿eso estaría bien?...Imagine solo por un instante  que alguien con una voz tan aguda como el Oboe o la Flauta se vaya caprichosamente con cualquiera de las claves reinas de los sonidos graves, las Clave de Do o  Fa… o al revés, ¿se imagina a su amigo el Contrabajo tratando de alcanzar con su voz tan bellamente grave  ese  Fa casi imposible para él en la quinta línea de su pentagrama, amiga Clave de Sol?
El auditorio quedó pensativo y de pronto, como por arte de magia, las palabras de la Batuta cobraron sentido; todos comprendieron y fue precisamente la Clave de Sol quién dijo.
-Claro que no, es obvio que no, esa repartición se debe hacer pensando en la  Tesitura de cada instrumento y no de forma caprichosa, es decir: como bien dice el adagio popular: “cada oveja con su pareja”: los instrumentos de voz Aguda, conmigo y los instrumentos de voz Media Y Grave con las Claves de Do y Fa  según sea conveniente…
 -Y no solo eso,- interrumpió educadamente la Batuta- vayamos más lejos y que quede claro que a partir de hoy, cada instrumento vivirá por obligación en su pentagrama propio, nada de desórdenes. Estas son las reglas queridos amigos y debemos cumplirlas -dijo enérgicamente la Batuta, luego, suavizando el tono concluyó- Claro que en ocasiones nuestras apreciadas claves podrán coincidir en el mismo Pentagrama y de esa forma recordarán los viejos tiempos…
Todos estallaron en una sonora  carcajada y aplaudieron con alegría. De más está decir que para entonces,  la reunión a la que inicialmente fueron invitados los Sostenidos y Bemoles, las tres Claves y la Batuta ya era de dominio público y  fueron apareciendo muy discretamente para codearse entre sí Becuadros, Negras, Corcheas y Fusas que como siempre llegaron a las carreras,  los Puntillos, el  Staccato que llegó dando salticos,  el Legato,  un Silencio de Redonda que estuvo callado todo el tiempo y hasta los Puntos de Repetición que por pura costumbre siempre se ríen dos veces del mismo chiste… Si, por supuesto que el Calderón intentó llegar para no perderse nada, pero como es tan demorado llegó dos horas más tarde con su amigo el  Ritardando.
Resuelto el problema que los ocupaba, conversaron y discutieron de música hasta el amanecer: que si el más grande de los clásicos fue Mozart, que si Beethoven es más romántico que clásico, que ¿qué hubiera sido de Bach sin Mendelshon?, que el pobre Tchaikovsky es muy “afrancesado” y no se le siente el ruso por ningún lado (que calumnia), que si la orquesta, que si el director. Bueno, podrán imaginarse la diversidad de temas que salieron a relucir entre risas y polémicas; para nadie es un misterio  que los músicos siempre tienen de qué hablar. Finalmente se despidieron con un gran abrazo y todos quedaron felices.
La reunión para decidir quién se iría con quién, se celebró días después y fue un éxito, la presidieron las tres claves quienes con su calma y alegría contagiaron a los instrumentos que se sintieron apoyados y tenidos en cuenta. Unos y otros  quedaron satisfechos pues el problema fue resuelto con la razón y la simple lógica.
¿Qué como quedaron repartidos los instrumentos? ... pues de la siguiente manera:
PÍCOLO, FLAUTA, OBOE, CORNO INGLÉS, CLARINETE, SAXOFÓN, TROMPETA, CORNO FRANCÉS, XILÓFONO, GLOCKENSPIEL y VIOLÍN se fueron con la Clave  Sol porque su tesitura  es aguda.
FAGOT, TROMBÓN, TUBA, CELLO Y CONTRABAJO,  con la Clave de Fa por tener voces tan graves.
Aparentemente la Clave de Do fue la menos beneficiada porque se quedó solamente con la VIOLA que tiene la ventaja de tener una bellísima voz intermedia. Pero como iba a ser visitada de vez en cuando por el FAGOT, EL TROMBÓN y EL CELLO,  no se sintió sola,  sino  muy  complacida por tener un grupo tan selecto de instrumentos.
Pero como toda regla tiene su excepción,  hubo un instrumento que después de pensarlo mucho no fue capaz de irse con alguna de las claves y a última hora tomó la decisión de convivir con dos de ellas; las elegidas fueron las claves de Sol y Fa. De esa forma los pianistas tocan las notas de la mano derecha en clave de Sol y las de la mano izquierda en clave de Fa: toda una proeza.
Aquel día quedó registrado en la historia de la música. Todos quedaron complacidos con los cambios y de esa forma las partituras de hoy son entendibles y los músicos somos los más agradecidos.

FIN

sábado, 15 de enero de 2011

REFLEXION II


ESCOGER EL INSTRUMENTO ADECUADO: ¿ESO NOS DEBE PREOCUPAR?

Por: Gloria Bayolo


Cuando los niños deciden estudiar uno u otro instrumento, generalmente lo hacen  al azar o  por sugerencia de sus padres o de algún otro adulto que decide por ellos, solo  un reducido número lo hace por verdadera convicción, por lo que algunos llaman vocación.

En cualquiera de los casos, no debemos preocuparnos y volvernos insistentes o intransigentes si nuestros hijos deciden estudiar un instrumento que a nosotros nos parece  “poco atractivo”, debemos dejar que el río siga su curso porque invariablemente llegará a donde debe por más que nos esforcemos por cambiar su sino.

¿Quien no ha escuchado esta conversación?:

-Mi hijo quiere Viola pero yo prefiero Violín… nadie  conoce la Viola... en cambio el Violín es divino.

¿Cómo evitar que un niño se “equivoque” al escoger el instrumento que estudiará y termine perdiendo el tiempo?, ¿Cómo hacer para estar seguros de cuál es su verdadera vocación?  La respuesta es sencilla: No hay que hacer nada, solo dejarlo ser, permitirle que haga sus propios descubrimientos; solo así el niño percibirá  si en realidad se ve a futuro como violista,  percusionista,  violinista, etc.

Si después de probar decide cambiar no sería una catástrofe ni en modo alguno habría perdido el tiempo. También puede suceder que se ratifique en su pasión por el instrumento elegido inicialmente lo cual sería maravilloso o simplemente decida que la música no es su pasión.

Aquí lo realmente importante es inculcar en nuestros hijos, desde el primer día como estudiantes de música, un innegociable sentido de responsabilidad con sus profesores, sus compañeros y el propio instrumento,  de modo que asistir a clase con puntualidad y estudiar para estar listos se convierta en  un ritual que deberán incluir en su cotidianidad y no esporádicamente. 

Mientras más temprano se de esta conversación entre los niños y sus padres y se establezcan compromisos reales, mejores resultados obtendremos porque lo que hoy es “cumplir con una obligación” mañana se convertirá en ser profesionales responsables y comprometidos, es decir, hombres y mujeres exitosos que tendrán un lugar preponderante en la sociedad por sus elevados valores morales, por su capacidad para ir hasta el final de lo que se proponen sin titubeos, conscientes de que sacrificarse por lo que se ama es un gran placer.

Si su hijo decide estudiar música, no hay que pasar de largo pensando que muy posiblemente no será músico y que ese espacio es solo un hobbie, un paréntesis en su vida.  Pienso que por el contrario, la música puede convertirse en el pretexto para enseñar  a los niños a poner el corazón en  lo que hacen, a disfrutar sintiéndose  parte de un colectivo con intereses afines, a gozar haciendo lo que aman con responsabilidad.

Tengan siempre presente que el estudio de la música prepara a los niños para encarar el futuro con éxito porque  los educa como personas con un alto sentido del compromiso colectivo,  del sacrificio,  la tenacidad y la disciplina….¿hay algo más parecido a lo que espera de cualquier adulto la vida  para regalarle una oportunidad?


martes, 4 de enero de 2011

REFLEXIÓN I

ESTUDIAR MÚSICA: UN COMPROMISO DE AMOR
Por: Gloria Bayolo                                                                                   

Como cualquier habilidad que vale la pena aprender, tocar un instrumento requiere de gran trabajo y constancia. Si usted como padre está dispuesto a hacer el esfuerzo de invertir recursos y tiempo para apoyar a su hijo en esa actividad, también deberá tener presente que hay otro  esfuerzo extra que está en la obligación de  hacer, me refiero a inculcar en su hijo sentido de la responsabilidad, conciencia de todo lo que puede alcanzar con un mínimo de dedicación, si usted logra eso, su hijo será recompensado con una habilidad y conocimiento de la cual nunca se va a arrepentir y el hábito de trabajar por lo que se quiere estará siendo fomentado.
No es posible dominar ningún instrumento si no se estudia todos los días, ojalá una hora,  pero si logramos que nuestros niños dediquen al menos 20 minutos a esa tarea, los resultados serían asombrosos. Mi experiencia como profesora de piano todos estos años me da la seguridad para afirmar que  es casi una fantasía pensar que nuestros hijos van a llegar a la casa y que voluntariamente se sentarán a estudiar su instrumento, así que nos toca a nosotros crearles el hábito, tal vez negociando, nunca obligándolos, pero sí haciéndoles sentir que estamos  muy orgullosos de sus logros, que nos hacen felices cuando tocan, que estudiar su instrumento es una forma divertida de descansar; les advierto que tendrán que insistir y no darse por vencidos pero valdrá la pena.
Los profesores, los padres de familia y finalmente los propios niños invierten mucho en este proceso pero si todo ese esfuerzo no se acompaña de estudio individual y el único acercamiento al instrumento es el día de la clase entonces los resultados serán escasos,  en algunos casos nulos y habrán perdido el tiempo.
Ahora hagan una pequeña abstracción e imaginen ese lapso de tiempo en la vida de sus hijos: tan solo 20 minutos diarios;  luego imagínenlos el día del concierto tocando con buena posición, con sonido firme, cálido y expresivo: ¿habrá  valido la pena insistir?...yo creo que sí, estoy segura que sí.
Antes que nuestros niños, somos los adultos quienes debemos tener presente que la música, aunque para algunos sea un hobby, requiere de esfuerzo, es exactamente lo mismo que sucede con los deportistas; si no entrenan con constancia,  poco o nada podrán hacer el día de la competición.
Tocar un instrumento es una habilidad y como toda habilidad,  se aprende… ¿cómo se logra?: repitiendo  mil veces las mismas notas de ese compás que nos resulta difícil hasta que nuestros dedos se deslicen seguros y descubran la maravilla de hacer música con el corazón: solo así podremos entrar al alma de la partitura  y ser felices.
No importa cual será el destino de sus hijos, probablemente  muy pocos decidirán volverse músicos profesionales, eso es irrelevante. Lo realmente esencial es comprender que a través del estudio de la música los estamos educando para la vida en la disciplina, la constancia, el compromiso  y el amor por lo que hacen.

domingo, 2 de enero de 2011

RETRATOS (Historias reales de mis alumnos)


RETRATOS
A mis alumnos




“Un buen día,  la música llega  a la vida de los niños para llenarla de felicidad;  entonces,  como por arte de magia las matemáticas  comienzan a resultarles fáciles, una alegría sin límites los acompaña todo el día  y un montón  de cosas que antes no advertían se vuelven bellas.  Esa es la música, una amiga que a su paso,  solo deja una huella de amor”



I. PABLO Y CRISTÓBAL


Quien conoce a Pablo y Cristóbal por primera vez, no puede siquiera imaginar que acaba de conocer a dos esforzados perfumistas que pasan parte de su tiempo mezclando pétalos de rosas y curiosas hojas del jardín de su terraza, para lograr las más exquisitas fragancias.
Yo no tenía idea de su afición por la química hasta que cierto día, Pablo me contó que él y su hermano Cristóbal hacían perfumes. Pero como si adivinara que los adultos siempre estamos llenos de preguntas innecesarias, me advirtió que la fórmula para lograr las esencias, no me la podía revelar pues ese era un secreto que solo ellos conocían y habían decidido cuidar celosamente. Así que no me arriesgué a preguntar más de la cuenta y dejé que él me contara lo que quisiera.
Lo cierto es, que cuando lograron perfeccionar la técnica y de las sofisticadas mezclas resultaron los olores deseados, pusieron un letrero en la puerta de su casa que decía: “Excelentes perfumes de hojas: ¡Super oferta!”
Pero resulta que el deseo de mezclar ingredientes y experimentar con los resultados, no paró ahí y los llevó un día al lugar más cálido de su hogar, a esa especie de laboratorio donde las mamás fabrican dulces fantasías: la cocina.
De la aventura culinaria, resultaron nada más y nada menos que unas deliciosas mermeladas de frutas que envasaron y etiquetaron para luego regalarlas a los vecinos. Ellos mismos tocaron a las puertas y entregaron los valiosos presentes.
Debo aceptar que además de ser expertos en preguntas innecesarias, los adultos a veces somos muy ingenuos (yo no soy la excepción), así que cuando pensé que nada podría ser más novedoso que los perfumes y las mermeladas, cuando imaginé que las sorpresas habían terminado, me enteré de que Pablo construye aviones que según él; son los mejores del mundo.
Cuando le pregunté por qué decía que sus aviones eran los mejores del mundo, me contestó con sencillez que sus aviones tenían un mecanismo especial para elevarse por los aires como si fueran pájaros muy veloces y ligeros.
-Eso precisamente, es lo que los diferencia del resto- concluyó convencido.
Me contó lo de los aviones absolutamente emocionado y luego me regaló uno, que para mi asombro, volaba más alto y preciso que todos los aviones que hubiera visto en la vida. Cuando nos despedimos, me lo dobló cuidadosamente para que yo lo pudiera guardar dentro de un libro.
Cristóbal por su parte, también construye aviones pero su fuerte resultó ser la confección de cuadernos, unos cuadernillos muy útiles para tomar notas y que son un ejemplo de simetría, calidad y estética. Hojas perfectamente alineadas unidas por finas tiras de cinta. Los cuadernos de Cristóbal no tienen nada que envidiarle a la más elegante agenda, él lo sabe y los muestra orgulloso.
Los hermanos de esta historia nacieron el mismo día con unos minutos de diferencia, pero como son mellizos; no se parecen en nada… o al menos eso fue lo que pensé cuando recién los conocí y solo alcancé a ver lo obvio, lo que saltaba a simple vista. Pero ahora que ha pasado el tiempo y ya tienen un lugar en mi corazón, he descubierto mil detalles que los hacen muy parecidos. Su ternura por ejemplo, su inteligencia, el cariño que sienten por sus amigos, su deseo de saber, su destreza para relacionarse con los adultos, su fino sentido del humor, su colección de cactus,  su curiosidad por el continente africano, su pasión por la patria de su abuelo materno, Alemania, su capacidad para expresarse de forma impecable en español y alemán a pesar de tener apenas siete años, el cariño que se tienen entre ellos y su gusto por la música que los convirtió, para mi suerte, en mis alumnos de piano.
Estudian piano no porque a sus papás les guste o porque alguien los obliga, sino porque en realidad lo aman. La clase con ellos está salpicada de historias y carcajadas y cada vez se parece más a una charla entre amigos, que a una clase formal.
Ellos aprenden de mí y yo aprendo de ellos. Ellos se esfuerzan por tocar bien, yo me deleito con sus logros y sus ocurrencias. Yo les regalo de buena gana mis conocimientos, ellos me devuelven deliciosas bocanadas de aire puro para refrescar mi alma. Entre nosotros, el tiempo pasa veloz y en un abrir y cerrar de ojos, todo termina hasta la próxima semana.
Cada lunes les dejo escritas mis observaciones diciéndoles donde estuvieron los desaciertos y donde los aciertos que invariablemente llevan una carita feliz al lado de mi firma, como muestra fehaciente de que nuestro encuentro de ese día, fue todo un éxito.
Sí, definitivamente Pablo y Cristóbal se parecen mucho aunque en apariencia sean tan diferentes; yo, su profesora de piano, puedo dar fe de ello.


II. JUAN CAMILO


Recuerdo perfectamente el día que conocí a Juan Camilo. Lo recuerdo no solo por su infinita ternura o por sus inseparables gafas que entonces eran azules, sino por ser el único niño que llegó a la clase de música con una guitarra, una simpática guitarra pintada de verde. Para entonces, Juan Camilo era tan pequeñito que escasamente sobrepasaba las rodillas de su mamá.
En el salón, se mantenía pendiente de cada gesto de la profesora. Si ella colocaba la guitarra a la derecha, él hacía lo mismo, si la mantenía al frente, pues él también y cuando llegaba el momento de tocar para acompañar las canciones, Juan Camilo la imitaba y su rostro resplandecía de dicha.
Todo transcurría en un espacioso lugar donde los niños, cantaban, tocaban instrumentos de percusión, bailaban, pintaban y repetían complicadas frases en una especie de idioma desconocido por mí: Funga alafia, aché, aché. Akuni, kuni kawua akuni. Se aprendían aquella extraña retahíla como si entendieran perfectamente lo que estaban diciendo.
Juan Camilo era callado y tranquilo, pero muy observador. Cuando su profesora anunciaba que había llegado “la hora del cuento”, no había un niño más atento que él. Vivía las historias como si fueran reales y se sentía el protagonista excepcional de cada una. Lo mismo su- cedía cuando pintaba; recreaba la realidad de una forma tan peculiar que era imposible mirarlo y no llenarse de interrogantes. Su sensibilidad era arrolladora, su forma de expresarla, era única.
Siempre tuve mucha curiosidad por saber que instrumento elegiría cuando creciera y llegara el instante de la gran decisión, por eso, el día que se matriculó en la clase de viola me sentí feliz.
Todavía era muy pequeño, aún no tenía 6 años, de modo que había que esperar para recoger frutos. Lo que me quedó claro fue que, al menos por un tiempo, la guitarra debía esperar para volver a ser la protagonista de su vida.
La tarea de aprender a tocar el nuevo instrumento no fue nada fácil, pero no se dejó asustar sino que poco a poco se hizo más fuerte y capaz. El gran reto era no bajar la viola, no permitir que el codo se apoyara en el cuerpo y mantenerse atento por largos períodos que le parecían interminables. Juan Camilo insistía con terquedad y vol­vía a intentarlo cuantas veces fuera necesario.
En la clase, solo había tiempo para tocar y junto a sus compañeros, debía esforzarse para hacer todo como si fuera un niño grande. Ya no era como antes, cuando además de cantar y hacer palmas llevando el ritmo quedaba tiempo para pintar, bailar y escuchar historias fantásticas, sentado sobre coloridos cojines.
Juan Camilo trabajó sin descanso y convirtió su instrumento en un amigo con quien compartir las alegrías y las pequeñas frustraciones del día a día. Se destacó a pesar de ser el más pequeño del curso y como por arte de magia, quedó atrás el chico callado que conocí.
Una semana antes de su primer concierto, fue Juan Camilo quien se inventó una ingeniosa manera de entrar al escenario con el resto de los violistas. Fue él quien les explicó a todos como debían caminar para verse elegantes.
Ese día, con la viola en posición de descanso, caminó con seguridad seguido de sus tres compañeros. Hicieron la venia que ha­bían ensayado tantas veces para que nadie se retrasara o adelantara. Luego, con solemnidad comenzaron a tocar y el auditorio quedó silencioso y atento, maravillado ante tanta osadía, ante tanta dedicación y seriedad.
Cuando todo concluyó, el aplauso fue atronador y la sonrisa que se dibujó en el rostro de Juan Camilo fue como un arcoíris en el cielo augurando buen tiempo.
Juan Camilo ya es un violista de 8 años. Opina libremente de cualquier tema, critica lo que no le gusta y pondera lo que le parece genial, es miembro de la orquesta y tengo la certeza que detrás de su naturaleza apacible, hay un líder que madura lentamente tal como lo hacen las pequeñas orugas antes de convertirse en mariposas.
Estemos atentos, esperemos un poco más; los tesoros brillan en su escondite mucho antes de ser descubiertos. Juan Camilo lo sabe y busca en su interior.

III. ANDRÉS


El concierto estaba por comenzar, los niños desfilaban por el escenario para ocupar sus puestos. Cuando todos estuvieron listos, el concertino comenzó a afinar la orquesta.
Andrés, sentado a mi lado en primera fila, miraba con insistencia para no perderse ningún detalle. De pronto, su rostro se iluminó y me preguntó en voz baja.
-Profe, ¿cómo se llama ese instrumento?
-¿Cuál?
-Ese, el que parece un violín, pero grande.
-Ese es el contrabajo-le contesté.
Después de un breve silencio, Andrés dijo con una convicción que jamás olvidaré.
-Quiero ser contrabajista, amo ese instrumento…
-Oye, pero si lo acabas de ver, imposible que te enamoraras de él así de repente-le dije-
-Es que me gusta, me encanta, es una nota, es lo máximo. El próximo semestre estudiaré contrabajo.
-Andrés, aún eres pequeño. Debes crecer y volverte fuerte antes de decidir algo así.
- Profe, tú no entiendes, yo soy capaz… mira, mis manos son grandes. Quiero tocar contrabajo, es genial, me gusta demasiado.
No, claro que no podía entender. Él, apasionado y enérgico, pero frágil en sus 6 años, había caído rendido de amor a primera vista frente al instrumento más grande de la orquesta: eso no era común. La mayoría de los niños quieren ser violinistas, guitarristas o pianistas pero Andrés no, él quería ser contrabajista.
De nada valió que le explicara que el contrabajo es inmenso, que sus cuerdas gruesas y duras sacan ampollas que duelen muchísimo. Todo fue en vano porque cuando Andrés decide algo, es imposible hacerlo dar marcha atrás.
Como pude, lo convencí de estudiar cello al menos un semestre mientras le conseguíamos el contrabajo adecuado, uno pequeño como él, un minúsculo contrabajo de un octavo. No le gustó mucho la idea, pero no tuvo más remedio que aceptar.
Seis meses después, cuando llegó el instrumento empacado en una caja de cartón, Andrés tuvo el honor de sacarlo a la luz. Estaba dichoso, le parecía mentira que por fin tuviera lo que había soñado; un contrabajo de verdad que parecía estar fabricado a su medida, un contrabajo que solo tocaría él.
El tiempo pasó veloz. Andrés se esmeró tanto que pronto pasó a la orquesta. Allí no hay un contrabajista más pequeño que él; parece que estuviera tocando un cello, pero de pie. Por ahora toca pizzicato, pero pronto podrá tocar con el arco, esa es su próxima meta.
A veces se desespera cuando las cosas no le salen como su profesor desea, entonces se queja.
-Tranquilo Andrés, tienes que ser paciente y perseverar, tómalo con calma o no lo lograrás nunca-le digo.
-Tú no entiendes… ¿no ves que me gusta mucho y tengo afán?
Yo te entiendo Andrés, claro que te entiendo. Como me gusta que tengas afán, que te sientas enamorado de tu contrabajo, que la música sea tan importante para ti.
Andrés y su pequeño compañero de madera son inseparables, los une un amor que nació el día en que asistió por primera vez a un concierto y un chico mucho mayor que él, salió con su contrabajo abriéndose paso entre violinistas, clarinetistas y flautistas.
Ese día supo que había encontrado el amor de su vida. Fue una revelación, algo parecido al paso de una estrella fugaz que se deja ver en el cielo, solo el tiempo justo para que pidamos un deseo. Andrés pidió el suyo y sospecho que se le cumplirá

IV. INÉS


Inés era pequeñita cuando comenzó a estudiar música en una institución muy seria. Bueno, tal vez parezca pretencioso decir que una niña de 3 años estudia música, pero eso era lo que hacía Inés, estudiar música con todas las de la ley.
Cada semana dedicaba una hora de su vida a cantar, a marcar el pulso en una tambora que era casi de su tamaño, a leer cuentos, a pintar su mundo fantástico, no con pinceles y lápices, sino con los dedos untados de pintura mientras escuchaba Mozart, Bach o Beethoven. Claro que no se untaba solo los dedos, sino toda la mano, la cara y hasta el cabello.
Por aquellos días, caminaba en la clase dando traspiés al ritmo de negras, blancas y corcheas mientras repetía en voz alta: Yo soy feliz, Yo soy grande, Yo soy música, Yo soy fuerte.
Más adelante la cosa se complicó, pero ella estaba lista para asumir el nuevo reto. Para entonces tenía 4 años y aprendió a acompañarse mientras cantaba, a tocar el xilófono con los golpeadores, a distinguir los sonidos agudos de los graves.
Cuando cumplió 5 años, ya era una experta en el arte de reconocer y diferenciar un Do de un Sol o un Mi; no, todavía no tenía idea de cómo se llamaban las notas, pero saltaba como una liebre entre los aros que estaban en el suelo y que representaban los cinco primeros sonidos de la escala de Do Mayor.
- Quiero estudiar flauta- me dijo un día con inusitada seguridad.
- ¡Qué bien que te guste la flauta dulce!-le dije sinceramente sin sospechar cuál sería su respuesta.
- No, esa ya la se tocar y es muy fácil, quiero tocar la otra, la que es de metal.
Me quedé perpleja; Inés quería tocar flauta traversa pero solo tenía 6 años.  Me la imaginé tratando de sostener el pesado instrumento con sus brazos que aún eran tan frágiles y pensé que aquello no podría resultar bien, entonces traté de convencerla para que esperara un poco; esperar siquiera un año para volverse más fuerte.
Con el tiempo me olvidé del tema, pero cierto día la escuché contar con una graciosa convicción que la hacía parecer mayor, que llevaba toda la vida en “aquello de la música”, que casi ni se acordaba de la primera vez que había tenido en sus manos un instrumento. Pero eso sí, dejó muy claro que sus favoritos eran los instrumentos de viento, especialmente, claro está, la flauta traversa.
Entonces, tuve una especie de revelación y comprendí que a pesar de haber utilizado los más efectivos métodos de persuasión, todo parecía indicar que había fracasado en mi intento de hacerla recapacitar y que debía acostumbrarme a la idea de ver a Inés con una flauta traversa. De modo que no me resistí más y ella, absolutamente feliz,  se matriculó.
Al principio, como era de esperar, las cosas resultaron difíciles para Inés. Se cansaba, los brazos le pesaban después de tres compases, le dolía el labio, se quedaba sin aliento de tanto soplar. Pero ella no se quejaba, volvía a probar una y otra vez, segura de que al final sería capaz.
Cualquiera pudo haber pensado que no llegaría lejos, que se daría por vencida; pero como Inés sabía lo que quería, siguió adelante y llegó más lejos de lo que nadie pudo imaginar. Al finalizar el primer semestre, tocó una pequeña obra acompañada por el piano y disfrutó de los aplausos del público.
Inés pronto cumplirá 8 años, es una niña alegre que ama vestirse de colores vibrantes, adorna su cabello con coronas, con flores, le encantan los collares y las pulseras, es tierna, educada y colaboradora con todos.
En Navidad me dijo.
-¿Sabes?, mi sueño es tener una flauta propia para repasar las lecciones en la casa-luego agregó con aire misterioso- No sé por qué, pero presiento que si el niño Dios no me trae la flauta este año, mi papá me la va a comprar.
En enero, Inés llegó a clase como si caminara por las nubes. Una gran sonrisa se dibujada en su rostro y en las manos, como si se tratara de algo muy frágil y valioso, llevaba un estuche negro que contenía el más preciado tesoro: su flauta nueva.
Todavía no le he preguntado si fue el niño Dios o su papá quien finalmente se decidió a hacerle semejante regalo.



V. SARA


Sara se burla de mi peculiar manera de leer alejando los papeles y me dice con picardía.
-Pero si tienes gafas… ¿por qué no las usas?
Sara es una niña muy especial, cuida con esmero su cabello y todo lo que usa denota buen gusto y un alma armoniosa y sensible. Es la mejor amiga, la mejor hermana, la mejor estudiante, la mejor conversadora que he podido conocer. No importa si está con niños o adultos, ella siempre tiene algo que decir y su risa contagiosa es como un regalo del cielo.
Cuando la conocí, aunque hacía mucho tiempo que estudiaba música, aún no había decidido qué instrumento estudiaría, pero llegado el momento, eligió el violín. Desde el principio se esmeró mucho y rápidamente llegó a la orquesta.
El primer día, el director le indicó que se sentara a su derecha, entre los segundos violines. Ese momento jamás lo olvidó, fue como si a partir de entonces comenzara su relación en serio con la música… no, no era que antes tuviera dudas de su amor por ella, sino que volverse miembro de la orquesta significaba un reto mayor, un honor que todos los niños esperaban con mucha emoción.
Ahora, además de asistir los miércoles a la clase de violín, debía ensayar dos horas seguidas cada martes y viernes en la orquesta y estar muy pendiente de las indicaciones: sentarse correctamente, sostener el violín de la forma adecuada, leer las notas sin equivocarse. Además, debía estudiar en casa al menos una hora diaria. Nunca pensó que fuera tan difícil.
Se cansaba, claro que se cansaba, entonces el violín le pesaba como si fuera de hierro y apoyaba el codo en el cuerpo para ayudarse. Ese era un grave error, lo sabía perfectamente porque su profesora siempre le decía, que aunque le doliera, debía mantener el instrumento en su lugar, solo así se acostumbraría y desaparecería el cansancio para dar paso al placer de tocar.
El tiempo corrió veloz y Sara ya tiene 11 años; es jefa de segundos violines y se ha convertido en una  apasionada instrumentista. Mientras toca, su cuerpo se mueve libremente al ritmo de la música, sus ojos se fijan en la partitura y pareciera que no vieran nada más.
Este año, cuando me dijo que quería estudiar oboe le dije que lo pensara bien, que era absurdo dejar el violín a esas alturas, que no se apresurara a tomar decisiones pues luego podía arrepentirse.
Me miró extrañada, como si yo fuera una extraterrestre que le hablara en un lenguaje desconocido, luego dijo tranquilamente.
-Pero… ¿quien dice que dejaré el violín? Quiero los dos instrumentos, yo soy capaz con ambos. Seré violinista y oboísta; en unas obras tocaré violín, y en otras, oboe. Eso sería genial.
No supe que decir, su convicción me conmovió, me dejó pensando en la importancia de tener metas y luchar por ellas aunque a otros le parezcan inalcanzables.
Sí, no me caben dudas de que Sara sabe lo que quiere en la vida. Nunca se queja porque tiene muchas tareas o porque el tiempo no le alcanza, ella simplemente vive feliz.
Imagino el día en que deje el violín en la silla y se una a los vientos para tocar oboe en algún concierto. Ese será su sueño cumplido, su gran logro. Solo hay que darle tiempo y esperar, el resto llegará puntualmente, en el momento preciso, tal como llegan las cosas buenas de la vida.

VI. GABRIELA


Gabriela es vivaz, inteligente y graciosa. Pareciera que todo el tiempo está pensando algo sorprendente y que por ello, sus ojos brillan de esa forma tan particular.
Cuando menos lo piensan, sale con una de sus afirmaciones inesperadas y todos sueltan la carcajada o se quedan reflexionando, tratando de entender de donde proviene tanta sabiduría si solo tiene siete años.
Sueña con ser una “estudiosa de las piedras”; cuando le dije que eso era ser geóloga me dijo que no, que simplemente anhelaba estudiar todas las piedras del mundo, saber de dónde vienen y conocer su historia. Bueno, no entendí mucho, pero me quedó claro que lo suyo es una mezcla de arqueología, geología y quien sabe de qué otra cosa.
Gabriela ama a John Lennon, tal vez sea porque su mamá lo ama también, pero lo cierto es que le gusta tanto su música y le causa tanta curiosidad ese señor de pelo largo y gafas redondas que se hizo comprar su biografía y se dedicó a leerla en vacaciones.
También adora bailar y lanzar besos al aire como Michael Jackson. En Halloween se disfrazó como él: zapatos de charol, pantalones ajustados, sombrero de paño negro, camisa brillante y un espectacular guante fabricado por su mamá que en vez de coserle diamantes, le cosió montones de lentejuelas que brillaban como diminutas estrellas; se veía fenomenal; solo le preocupaba que sus amigas que se habían disfrazado de princesas, ángeles y hadas, pensaran que era una niña extravagante.
Desde que era muy pequeña comenzó a  estudiar música. Al principio cantaba, tocaba xilófono, sistro, metalófono, flauta dulce y tambora, pero ahora que es más grande, se decidió definitivamente por la viola; con ella fabrica melodías y es feliz.
-Niños, cada uno a sus sillas, pongan las partituras en los atriles-
El ensayo de la orquesta está por comenzar. Tal pareciera que Gabriela y sus compañeros de música, crecieron y se volvieron adultos en un abrir y cerrar de ojos. Con naturalidad toman sus instrumentos, se sientan erguidos y fijan los ojos en el director, atentos a cada uno de sus movimientos, preparados para dejar salir la música de sus corazones, listos para volar a mundos lejanos a vivir las más increíbles aventuras.
Sí, no caben dudas, Gabriela es vivaz, inteligente y graciosa, también es música y alegría. Gabriela es la niña que fui yo o fuiste tú. Gabriela es la vida recién estrenada que se abre a lo nuevo y deja su huella, para que otros caminen por ella y escriban su parte de la historia.