“La Vanidosa y el Poeta”
-¿A
quién se le ocurre que un cangrejo pueda vivir
en lo alto de un árbol como un pájaro más del monte? ¿Señora, no se estará
usted burlando de mí?
- No me burlo de nadie. Digo que si puedes vivir en
lo alto de un árbol, ¿cómo vas a pasarte la vida bajo tierra?
El
cangrejo volador, Onelio Jorge Cardoso (Calabazar
de Sagua, 1914 - La Habana, 1986).
I. LA VANIDOSA
I. LA VANIDOSA
Tinatitina
era una coqueta redomada. Todas las mañanas en cuanto salía el sol, apartaba las hojas con que se
cubría en las noches, se estiraba cuan larga era y se iba derecho a tomar un
baño de rocío. Sacudía las campanillas moradas y amarillas del jardín y miles
de goticas caían sobre su cuerpo como una ducha refrescante. Adoraba el agua
perfumada que se acumulaba en las flores y se acicalaba las alas con ella hasta
que sus colores se veían brillantes, luego se rizaba las antenas. Terminado ese
ritual, se desayunaba con la más rica miel y salía a visitar a sus amigas para
enterarse de las últimas noticias.
Tinatitina no solo era una mariposa bonita y chic, sino que además,
tenía la suerte de vivir en el jardín mejor cuidado de la toda la región. En
cada rincón de aquella especie de paraíso, crecían sofisticadas flores que habían
sido escogidas y sembradas por Tomás; el apuesto jardinero que vivía solo para
cuidarlas. Un verde césped crecía por doquier, románticas bancas y estatuas
adornaban el espacio: aquel era el lugar ideal para cualquier enamorado.
Pero entre tanta perfección había un pequeño problema: Tinatitina era
tan vanidosa y exigente, que a pesar de su belleza y glamour, no tenía novio.
Todos los pretendientes le parecían poca cosa, ninguno, según ella, alcazaba a
llegarle a los tobillos. Contemplaba su imagen reflejada en las cristalinas
aguas del río y se extasiaba con la elegancia de su vuelo, con su cintura
delgada, con sus enormes ojos negros y siempre terminaba diciendo lo mismo:
—¡No,
definitivamente no veo a nadie en este jardín que pueda merecerme!
A la
mariposa vanidosa, le parecía feo lo natural, lo sencillo. Solo la complacía la
perfección absoluta, la belleza en su máximo esplendor, las comodidades, las
caras bonitas. No era capaz de posarse en una flor silvestre porque comenzaba a
estornudar, prefería las rosas, los claveles, las azucenas. Cuando sus amigas
la invitaban a tomar el té de pétalos de jazmín que tanto le gustaba,
Tinatitina les decía: