Gracias a una mirada, un sueño, un recuerdo o un sentimiento podemos llegar a reconocer a un alma gemela. Sus manos nos rozan o sus labios nos besan, y nuestra alma recobra vida súbitamente
(Brian Weiss)
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rase una mujer que un día conoció a un mago. El mago era tan poderoso que la hechizó utilizando palabras mágicas: QUERIDA MÍA, CÓMPLICE MÍA le decía, y ella sentía que le crecían alas y echaba a volar en su compañía.
El mago quiso regalarle a la mujer un lugar donde pudieran amarse alejados del mundo, entonces, utilizando sus poderes, le construyó una habitación llena de magia y belleza y se la entregó diciéndole simplemente: Aquí tienes una habitación donde puedas ser tú.
La habitación era amplia, los techos altísimos para que los sueños pudieran volar a su antojo. Una chimenea que se alimentaba de anhelos, ternura y pasiones la hacía confortable, amable, cálida. Las paredes color crema le regalaban a los amantes paz y un delicioso olor a jazmines silvestres les acariciaba el alma siempre que entraban en ella.
Si miraban por una ventana, veían el bosque repleto de verde, pletórico de vida; por la otra, asomaba el mar, un mar de un azul tan intenso que se confundía con el cielo, un mar a veces tranquilo, otras veces encrespado, soberbio, insondable.
Al final del día, cuando la mujer y el mago estaban exhaustos de vivir una vida común, se encontraban en la habitación para ser ellos mismos. Se recostaban en un mullido diván y se fundían en un abrazo infinito, entonces, de forma misteriosa y sin necesidad de conjuro alguno, un halo de luz los envolvía y sus cuerpos parecían uno solo.
El besaba los labios y acariciaba la espalda de su amada para hacerla feliz mientras se miraban fijamente tratando de recordar la fecha exacta en la que se habían conocido; pero nunca lograban descubrirlo porque buscando la génesis de su amor, se perdían en el tiempo.
Bogotá/ Octubre 2011