sábado, 29 de octubre de 2011

LA MUJER Y EL MAGO

Gracias a una mirada, un sueño, un recuerdo o un sentimiento podemos llegar a reconocer a un alma gemela. Sus manos nos rozan o sus labios nos besan, y nuestra alma recobra vida súbitamente
(Brian Weiss)
.

E
rase una mujer que un día conoció a un mago. El mago  era tan poderoso que la hechizó  utilizando palabras mágicas: QUERIDA MÍA, CÓMPLICE MÍA le decía,  y ella sentía que le crecían  alas y echaba a volar en su compañía.
El mago quiso regalarle a la mujer  un lugar donde pudieran amarse alejados del mundo, entonces, utilizando sus poderes,  le construyó una habitación llena de magia y belleza y se la entregó diciéndole simplemente: Aquí tienes una habitación donde puedas ser tú.
La habitación era  amplia,  los  techos altísimos para que los sueños pudieran volar a su antojo. Una chimenea que se alimentaba de anhelos, ternura y  pasiones la hacía confortable, amable, cálida. Las paredes color crema le regalaban a los amantes paz y un delicioso olor a jazmines  silvestres les acariciaba el alma siempre que entraban en ella. 
Si miraban  por una ventana,  veían el  bosque repleto de verde, pletórico de vida; por la otra, asomaba el mar, un mar de un azul tan intenso que se confundía con el cielo, un mar a veces tranquilo, otras veces encrespado, soberbio, insondable.
Al final del día, cuando la mujer y el mago estaban exhaustos de vivir una vida común, se encontraban en la habitación para ser ellos mismos. Se recostaban en un mullido diván y se fundían en un abrazo infinito, entonces,  de forma misteriosa y sin necesidad de conjuro alguno,  un halo de luz los envolvía y sus cuerpos parecían uno solo.
 El besaba los labios y acariciaba la espalda de su amada para hacerla feliz mientras se miraban fijamente tratando de recordar la fecha exacta en la que se habían conocido;   pero nunca lograban descubrirlo   porque buscando la génesis de su amor,  se perdían en el tiempo. 

Bogotá/ Octubre 2011